Comentarios al artículo “Aptitudes prosociales en el aula a partir de espacios colaborativos”
El artículo plantea una idea central muy clara: el juego colaborativo no es solo entretenimiento, sino una herramienta poderosa para aprender a convivir, cooperar y desarrollarse socialmente, especialmente en el contexto educativo. A partir de ejemplos históricos y experiencias actuales en el aula, el autor demuestra que aprender a trabajar juntos es una habilidad esencial para la vida, y que puede fortalecerse desde edades tempranas mediante estrategias bien estructuradas.
El texto comienza cuestionando la visión tradicional del juego como una actividad meramente recreativa. Apoyándose en investigaciones recientes, se explica que el juego cumple una función mucho más profunda: permite ensayar habilidades sociales y cognitivas en un entorno seguro, donde las personas pueden equivocarse, aprender y mejorar antes de enfrentarse a situaciones reales más complejas. En ese sentido, el juego prepara a los seres humanos para desenvolverse en un mundo cambiante y lleno de desafíos.
Desde una perspectiva antropológica, el autor explica que el juego fue clave en el surgimiento de las primeras civilizaciones. Gracias a actividades lúdicas y experimentales, los seres humanos aprendieron a usar los recursos naturales, desarrollaron habilidades prácticas y, sobre todo, aprendieron a cooperar. Este proceso dio lugar a la especialización de roles: algunas personas se dedicaban a la agricultura, otras a la caza, la construcción o la artesanía. Esta división del trabajo generó interdependencia, es decir, la necesidad de que unos dependan de otros para satisfacer las necesidades colectivas. Así nació una forma de organización social basada en la cooperación y no únicamente en la fuerza o la imposición.
Un ejemplo destacado en el artículo es el de la civilización de Caral, una de las más antiguas del mundo. En esta sociedad, la cooperación no se imponía por la fuerza ni por la esclavitud, sino que estaba ritualizada: cada persona tenía un rol claro y complementario dentro de proyectos colectivos, como la construcción de grandes edificaciones. Ingenieros, proveedores de materiales y constructores trabajaban juntos, cada uno cumpliendo una función específica. Este modelo permitió resolver el problema central de toda comunidad: cómo lograr que las personas trabajen juntas por el bien común.
A partir de este antecedente histórico, el autor plantea una pregunta clave: ¿es posible aplicar hoy este sistema de roles interdependientes en las aulas para fortalecer las habilidades sociales de niños y jóvenes? La respuesta que se desarrolla a lo largo del artículo es afirmativa.
En la educación actual existe un fuerte énfasis en el trabajo en grupo, pero muchas veces se da por sentado que los estudiantes ya saben comunicarse, negociar, llegar a acuerdos o tomar decisiones colectivas. En la práctica, esto no siempre ocurre. Además, la creciente inclusión de estudiantes con condiciones del neurodesarrollo, como el autismo o la atención divergente, ha evidenciado que el trabajo grupal sin estructura puede generar aislamiento, frustración y sensación de no pertenecer.
Frente a este problema, el autor presenta los Club LEGO como una experiencia educativa concreta que promueve la cooperación real. En estos espacios, los estudiantes trabajan juntos en proyectos de construcción o creación de historias animadas, pero lo hacen a partir de roles claramente definidos e interdependientes. Cada participante asume una función —por ejemplo, ingeniero, proveedor o constructor— y se compromete a cumplirla para que el proyecto pueda avanzar.
Este sistema favorece el desarrollo de habilidades prosociales como la comunicación clara, la espera de turnos, el liderazgo, la autonomía, la planificación y la autoestima. Además, se utilizan mecanismos democráticos simples para tomar decisiones, como juegos de azar o acuerdos grupales, lo que refuerza el respeto mutuo y la equidad.
Un aspecto especialmente valioso es que la interacción social se vuelve predecible y estructurada, lo cual resulta muy beneficioso para estudiantes con mayores dificultades sociales. Al saber qué rol cumplen y qué se espera de ellos, pueden participar con mayor seguridad, establecer límites, pedir aclaraciones y comunicarse de forma funcional.
El artículo concluye señalando que esta forma de trabajo colaborativo no solo mejora la convivencia escolar, sino que prepara a los estudiantes para la vida en sociedad. Así como la especialización de roles impulsó el desarrollo de las primeras civilizaciones, hoy los espacios lúdicos y cooperativos, como los Club LEGO, pueden ser una vía eficaz para que ningún estudiante quede excluido y todos tengan la oportunidad de desarrollar habilidades sociales fundamentales para enfrentar los desafíos cotidianos.